Antumízate… ¡y flipa!

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Lo que más me ilusiona de este proyecto es ver las chiribitas en los ojos y las sonrisas agradecidas de las personas que han decidido antumizarse. Es curioso porque, pese a ser yo muy consciente de que la persona va a experimentar cambios muy profundos durante el proceso, cada caso termina siempre sorprendiéndome y reconfortándome.

Sin daros su nombre real, para salvaguardar su identidad, querría hablaros de María. A sus cincuenta y tantos años, y tras más de un lustro de sufrir sofocos e insomnio como consecuencia —en principio— de la menopausia, últimamente había cogido unos cuatro kilos a raíz de una creciente ansiedad que la hacía picotear todo el día. La gota que colmó el vaso de su resistencia fue la tremenda picazón que le causaba el sarpullido que, de sopetón, le había colonizado gran parte del cuerpo en la última semana.

Como María es una persona a la que tengo mucho cariño, su situación me preocupó y le pregunté si había ido al médico. Efectivamente, había ido al médico, y por duplicado: el ginecólogo le había recetado no sé qué hormonas y el dermatólogo, antihistamínicos. Por curiosidad, le pregunté si alguno de los dos le había preguntado en algún momento qué tipo de alimentación llevaba. Negativo; por duplicado, también.

Ahí es cuando le hablé de antum, planteándoselo como algo que podía probar y que, en cualquier caso, no le haría ningún daño. Además, siempre estaba a tiempo de pasarse el resto de su vida tomando hormonas y antihistamínicos, en caso de creerlo oportuno. María no se lo pensó dos veces. Y, al día siguiente, comenzaba el test de las 2 semanas.

A la semana, había perdido 1,5 kilos de peso, sólo tenía un sofoco de vez en cuando, ya dormía las noches del tirón sin pasar calor, se le habían ido prácticamente todos los granos del cuerpo y su nivel de energía había aumentado de manera evidente.

Finalizado el test de las 2 semanas, ya no sufría sofocos, dormía a plena suelta, no le quedaba ni rastro del sarpullido, había perdido todos los kilos que le sobraban, ya no le dolían los pechos y, sobre todo —como ella misma gusta de recalcar— había recuperado la energía y la agilidad, tanto físicas como mentales.

En definitiva, María se ha desintoxicado de un exceso de histamina, estrógenos e insulina, y ha recuperado la salud. Así de simple. Y me comenta siempre que lo que más valora de este proceso es que ha aprendido a alimentarse con criterio, escuchando su cuerpo y conociendo —por haberlo experimentado en su propia piel— qué alimentos le sientan bien y cuáles no.

De las hormonas y los antihistamínicos, no hemos vuelto a hablar nunca más.

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