¿Eres adicto al deporte?

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Por el Dr. Phil Maffetone

Traducción de Ester Galindo

Si estás poniendo el entrenamiento por delante de tu salud o de otras áreas de tu vida, quizá necesites evaluar si lo tuyo es una adicción saludable o perniciosa.

¿Tu entrenamiento es fuente de preocupación? Si no entrenas un día, o más, ¿experimentas ciertos síntomas de abstinencia, como encontrarte mal, sentirte un poco deprimido o estar bajo de energía?

¿Entrenas incluso estando lesionado o enfermo? ¿Metes horas de entreno a la hora de la comida o sacrificas horas de sueño para salir a entrenar? ¿Tu entrenamiento interfiere con tus relaciones personales, tu trabajo o determinados compromisos sociales?

Si reconoces alguna(s) de estas situaciones como parte de tu día a día, quizá sufres una adicción conocida como “dependencia del ejercicio físico”.

Lo de excederse en lo bueno no es nada nuevo. Ya el médico griego Hipócrates afirmó que “todo en exceso es contrario a la naturaleza”. Se dice que alguien sufre “dependencia del ejercicio físico” cuando esa persona sigue entrenándose más allá de unos límites saludables.

El debate académico sobre la actividad física excesiva suele centrarse en el ejercicio obsesivo y compulsivo. Los investigadores dicen que el término más apropiado para este fenómeno es “adicción al ejercicio”, haciendo hincapié en que el ejercicio físico excesivo se ajusta a las características típicas y comunes de las adicciones conductuales. Se han utilizado asimismo otros términos, como “abuso del ejercicio” y “ejercicio compulsivo”. Estas variables menos definidas, más suaves y funcionales de la dependencia del ejercicio son mucho más habituales. Independientemente de cómo lo llamemos y de dónde se halle cada uno de nosotros dentro de dicho espectro, todo trastorno relacionado con el ejercicio físico puede contribuir al síndrome del sobreentrenamiento o ser considerado parte del mismo.

En realidad, en cualquier persona que entrena podemos observar una cierta conducta adictiva en potencia, desde los deportistas de competición de todos los niveles que se esfuerzan por mejorar su rendimiento, hasta los deportistas ocasionales cuya motivación es perder peso o mejorar su aspecto físico. En muchos casos, estos últimos también pueden mostrar otro problema clínico habitual: un trastorno alimenticio. Si su “afán” por entrenar se vuelve excesivo, el eje HHA (hipotálamo-hipofisario-suprarrenal) del cerebro puede acabar desencadenando daños físicos, bioquímicos o mentales-emocionales.

El concepto de “la dependencia del ejercicio físico” apareció por primera vez en las revistas médicas tras el auge del atletismo en la década de 1970, término que pronto incorporaron otras disciplinas, como el ciclismo o el triatlón. El riesgo de sufrir dependencia del ejercicio aumenta cuando los atletas siguen el lema de “más es mejor” (también conocido como “no pain, no gain”).

Si bien es cierto que hay estudios que arrojan unas tasas de dependencia del ejercicio físico muy elevadas, mientras que otros presentan índices más bajos —en función del tipo de atleta y de cómo este se defina—, entre los atletas de resistencia competitivos el porcentaje de “adictos” puede oscilar entre el 25 y el 50 por ciento.

En 1976, el libro del psiquiatra William Glasser Adicción positiva se convirtió en todo un éxito de ventas, sobre todo entre muchos corredores que se identificaron con esa adicción al deporte. El tema es que Glasser, en realidad, no había escrito sobre el potencial de dependencia del ejercicio físico. Muy al contrario, puesto que definía la “adicción positiva” como el afán de realizar una actividad física no competitiva, de fácil cumplimiento, por lo general solitaria y sin ningún tipo de autocrítica. No era este el perfil mayoritario entre los atletas de aquella época, ni entre los de ahora.

Otros investigadores no aceptan vincular el término “adicción” a algo positivo, pues argumentan que los síntomas de la adicción deben aplicarse únicamente a una conducta poco saludable con respecto al ejercicio; es decir, a entrenamientos que acaban causando lesiones frecuentes e, incluso, graves. Lesiones no sólo en rodillas y tobillos, sino también en el corazón y la mente. Y es que el estrés del entrenamiento y la competición, por ejemplo, puede llegar a provocar cuadros de depresión y ansiedad. Tampoco los infartos son algo raro entre los atletas de toda índole.

En la revista Mayo Clinic Proceedings (Exercising for Health and Longevity vs. Peak Performance: Different Regimens for Different Goals, September 2014) (Ejercicio para la Salud y la Longevidad vs Alto Rendimiento: diferentes regímenes para diferentes objetivos, septiembre de 2014), los autores O’Keefe, Franklin y Lavie sostienen que: “lesión por sobrecarga cardíaca” es el término que sugerimos utilizar para denominar esta consecuencia cada vez más común entre los que aplican la estrategia de “cuanto más entreno, mejor”. Dichos autores ponen de manifiesto varios estudios, de los cuales básicamente se infiere que muchos deportistas están en buena forma, pero muy poco sanos. Los corredores de fondo, por ejemplo, presentaban un mayor riesgo de fibrilación auricular, unos mayores niveles de placa en las arterias coronarias, y el habitual registro de infartos durante las carreras. Algunos deportistas que entrenan con grandes volúmenes e intensidades corren un riesgo incluso mayor que las personas sedentarias.

Es obvio que el ejercicio físico puede contribuir significativamente a gozar de una mejor salud física, bioquímica y mental-emocional. Sin embargo, esto no es aplicable a los casos extremos: ni a un estilo de vida sedentario ni al sobreentrenamiento.

¿En qué momento algo beneficioso puede convertirse en perjudicial? Naturalmente, el juego está en equilibrar la salud y la forma física, y permanecer atento a cualquier desequilibrio incipiente para poder prevenir males mayores.

A lo largo de los años han sido múltiples las teorías fisiológicas y psicológicas que han querido explicar el proceso por el cual una persona se vuelve adicta al ejercicio, pero nunca se ha llegado a un consenso. Lo que resulta evidente es que la sociedad y su influencia en los individuos juega aquí un papel relevante, en parte porque genera ideas falsas sobre el ejercicio (al igual que sobre la dieta) y fomenta conductas nocivas.

Cuando se abordan los beneficios del ejercicio físico, numerosos estudios apuestan por un enfoque conservador a la hora de entrenar, especialmente cuando nuestra rutina incluye sesiones de entrenamiento de alta intensidad. Algunas investigaciones concluyen que cinco horas a la semana de ejercicio físico sería el rango máximo que permitiría garantizar una buena salud cardiovascular a largo plazo y una mayor esperanza de vida, siempre incluyendo dos días de descanso semanales y absteniéndose de realizar ejercicio de alta intensidad a diario.

En el amplio y extenso estudio ‘Copenhagen City Heart Study’ (Diario del Colegio Norteamericano de Cardiología, febrero de 2015) se demostró que entre aquellas personas que entrenaban a una intensidad entre moderada y baja, la tasa de mortalidad era inferior en comparación con la de las personas sedentarias, mientras que aquellas que entrenaban a altas intensidades presentaban una tasa de mortalidad estadísticamente igual que la del grupo sedentario. Los autores concluyeron que los beneficios de correr “son más sólidos para aquellos que trotan entre 1 y 2,5 horas por semana, a un ritmo entre lento y moderado, y con una frecuencia de aproximadamente dos o tres veces por semana.”

¿Significa todo esto que no podemos entrenar lo necesario para desarrollar nuestro máximo potencial deportivo? Claro que no. Cuando el nivel de rendimiento deportivo es elevado, la clave radica en establecer bien los límites, a fin de no excederse y así evitar consecuencias negativas. Esto es lo que demasiados atletas de competición no logran llevar a cabo, tal y como dejan entrever sus lesiones físicas, bioquímicas y mentales-emocionales.

Es posible entrenar para una competición de una manera saludable y sin excesos: construyendo el sistema aeróbico mediante una buena regulación del volumen, equilibrando bien la intensidad, comiendo bien y gestionando el estrés. En resumen, un cuerpo enfermo nunca tolerará volúmenes y/o intensidades elevados.

En el caso de los deportistas profesionales, muchos pueden exigirse más porque para ellos su entrenamiento y su recuperación constituyen su “trabajo”. Además, la mayoría cuenta con un mejor asesoramiento nutricional y deportivo, aparte de masajes y otros cuidados, por lo que puede adaptarse mejor al estrés del entreno e ir reajustando su cuerpo al mismo. (Sin duda alguna, cualquier individuo puede hacer todo esto, si logra integrarlo de manera satisfactoria en su  estilo de vida. En la vida real, no obstante, muchos atletas aficionados deben atender, también, sus carreras profesionales y a sus familias.)

Si sientes que estás volviéndote dependiente del ejercicio físico, o que tu entrenamiento está afectando tu salud y tu vida, puede ser un buen momento para detenerte un momento y evaluar lo que de verdad está ocurriendo. ¿Tus entrenos te permiten ir mejorando o, acaso, enfermas y te lesionas cada vez más? ¿Tu entrenamiento está robando demasiado tiempo o energía a otras actividades que también son importantes para ti?

Esta es una cuestión, prácticamente, de blanco o negro: tu estilo de vida, o bien favorece tu salud o bien no la favorece. Tu actividad física mejora tu forma física al tiempo que beneficia tu salud, o no lo hace. En ocasiones, los detalles se vuelven difusos y necesitamos hacer un alto para analizarlos. Dudar de nuestros motivos, simplemente porque leemos u oímos hablar sobre otros enfoques —la última dieta de moda o lo último en entrenamiento—, puede hacer que perdamos el norte con demasiada facilidad.

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