Hay otros mundos, pero están en este.

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Como la alumna algo díscola y escéptica que siempre he sido, llevo 5 años cuestionando y contrastando lo que mi querido mentor, el Dr. Philip Maffetone, me ha enseñado a través de sus libros, artículos y conversaciones privadas a lo largo de los últimos 10 años (Dear Phil: I’ll always be grateful to you for getting me involved in this beautiful job as MAF coach!)

Tras todo esto tiempo de “irme con otros” con el fin de hallar distintos argumentos y explicaciones a determinados temas de salud, psicología y rendimiento deportivo, he llegado a la conclusión de que nadie tiene la verdad absoluta sobre nada y que, al mismo tiempo, hasta los bandos en apariencia más contrapuestos (veganos vs. carnívoros acérrimos, por poner un ejemplo candente) comparten muchísimas más cosas de lo que ellos mismos parecen querer aceptar.
Todos estos años de experimentación con mi propio cuerpo (y mente), junto con la multitud de datos que me han brindado mis hasta ahora 200 clientes, me siento con la confianza suficiente (que no absoluta) para abordar la salud integral con la mirada puesta, en todo momento, en la película entera: porque sí, somos lo que absorbemos (de lo que ingerimos). Y también somos aquello que nos vamos contando mientras vivimos…

Cuanto más acompaño a las personas a que conozcan cómo funciona su organismo, más convencida estoy de que, en este planeta, hay tantos mundos como individuos andamos pisando la tierra. Y, al mismo tiempo, todos esos mundos particulares cuentan con una gran base común… Sí, es una gran paradoja. En nuestra inequívoca particularidad como seres humanos hay una enorme parte de animalidad compartida con las demás personas. ¿Quién puede ponerlo en duda? Y es que, antes que nada, somos carne, huesos, sangre y… bacterias. Muchas bacterias. Y mitocondrias (I love mitochondria!!). Porque, más allá de los distintos escenarios, paisajes, culturas, tradiciones y niveles de vida, seguimos siendo ejemplares de homo sapiens queriendo dar sentido a lo que nos ocurre a diario. ¿O no?

Cambian las vestimentas, las viviendas, los medios de transporte y los modos de celebrar la vida y la muerte. Y todos, sin excepción, vivimos en este planeta y hacemos uso de todo lo anterior. Comprender que, al fin y al cabo, somos seres vivos con necesidades tan básicas como: luz/oscuridad, descanso, alimentos, agua, sexo y vínculos de afecto con nuestros iguales, nos permite abordar los síntomas de cada persona desde lo humano compartido, al tiempo que ahondamos en su narrativa para conocer los detalles que, aquí y ahora, la hacen tan única y especial.
Y con toda esta verborrea —que, mucho me temo, puede llegar a ser incomprensible para más de una y de dos—, lo que quisiera transmitiros es que cada día me siento más cómoda en mi papel de entrenadora integrativa (o MAF coach) porque ya he podido “requeteconfirmar” por activa y por pasiva la importancia que tiene, para nuestro bienestar, el hecho de contar con unas mitocondrias sanas y fuertes… o dicho de otro modo: que nuestra Función Aeróbica Máxima (MAF) esté a pleno rendimiento.

Y no, no, no. Esto no es aplicable solamente a los deportistas de resistencia. Ellos son tan homo sapiens como tú y como yo, aunque se vistan de fosforito y se pasen el día contando kilómetros. Créeme. 😉
Si todavía no me conoces y, tras leer esto, sigues sin saber a qué narices dedico mis horas de estudio y profesión… ¡mándame un correíto y te cuento!
¡Dale!

[Nota: Para titular esta entrada he utilizado la célebre frase del poeta francés Paul Éluard.]

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